sábado, 23 de noviembre de 2013

Cienfuegos






Nos levantamos temprano para dirigirnos a La Habana vía Cienfuegos.
Habíamos acordado con un taxista  de Trinidad que nos llevara a la capital de Cuba por cierta tarifa, pero el chofer apalabrado no se presentó  y en su lugar vino otro conductor con un coche viejuno.
En principio no quisimos tomarlo, pero después de un nuevo regateo, llegamos a un acuerdo con un nuevo precio sólo hasta Cienfuegos. Allí alquilaríamos otro coche hasta La Habana. Al final esta operación nos salió más barata.























Llegamos relativamente temprano a Cienfuegos, por lo que aprovechamos para realizar una visita rápida a esta población.
El conductor del segundo coche que alquilamos nos hizo de anfitrión, realizando un recorrido turístico por todo Cienfuegos. En total estuvimos en esta población unas tres horas.


Antes de empezar el recorrido nos bajamos del coche para estirar las piernas y de paso nos adentramos en el mercado municipal (1928).
Allí pudimos contemplar una vez más, variados puestos de frutas exóticas, así como puestos de carnes colgadas sin cámaras frigoríficas. La gente siempre tan amable y un tanto sorprendida de ver turistas ahí dentro.






























Después de esta visita nos dedicamos a recorrer las principales avenidas de Cienfuegos, sobre todo la avenida de El Prado.

Fundada en 1824 por colonos franceses, la arquitectura de Cienfuegos también se inspira en la Francia del siglo XIX.
Una  ancha avenida con vistosos y coloridos edificios. Aunque a nosotros nos gustó más Trinidad con su estilo colonial español, y aunque  Cienfuegos es también una población hermosísima, a favor de Trinidad podemos decir  que es más pueblo y Cienfuegos más ciudad.
Trinidad es más tranquila y su núcleo o casco histórico insuperable, creo que sublime.

Recorrimos la avenida de El Prado donde se armonizaban el colorido de los edificios con el de los coches de los años cincuenta. De vez en cuando parábamos para contemplar más pausadamente los edificios más emblemáticos de la avenida. Así pudimos apreciar el bello Palacio Azul, un hotel estatal de fachada azul cielo y con bellos jardines.
Más adelante también pudimos apreciar la belleza y arquitectura recargada del Palacio del Valle, con su fachada color crema entre bellos ejemplares de la flora cubana.

Anduvimos después por el pequeño y coqueto Malecón de Cienfuegos.
En realidad esta fue una visita relámpago. Habíamos decidido repartir nuestros once días entre La Habana, Cayo Guillermo y Trinidad, con menos recorrido y movimiento, pero saboreando lentamente cada una de estas tres poblaciones.
Creo que elegimos bien. Con más tiempo quizá hubiéramos pasado algún día en Cienfuegos, e incluso la maravillosa Santiago.

Todavía tuvimos tiempo de tomarnos un pequeño almuerzo antes de partir para La Habana, donde pasaríamos nuestras últimas horas antes de nuestra partida. 







domingo, 31 de marzo de 2013

Trinidad ¡¡ Maravillosa Trinidad !!











Camino de Trinidad

A las 6:30 de la mañana nos esperaba en el Hall del hotel de Cayo Guillermo el taxista con el que habíamos negociado nuestro viaje hasta Trinidad; 130 CUC. Teniendo en cuenta que en autobús son 30 por cabeza, merece la pena ir en taxi cuando se es más de dos, ya que encima permite salir y llegar a la hora que quisiéramos de hotel a hotel y parar donde nos pareciera para descansar o ver algo insólito. Al estar en un hotel aislado en Cayo Guillermo, no hay coches particulares con los que negociar y preferimos realizar el viaje en un solo trayecto. Otra posibilidad hubiera sido ir en taxi hasta la población de Morón y allí tomar un coche privado hasta Trinidad. Habría salido más barato, perro yendo con Hugo y pensando que se dormiría en el trayecto, pereferimos saltarnos el engorro y regateo de Morón.

Por otra parte fue muy agradable recorrer el pedraplén en coche. Salir en coche de los cayos te permite apreciar esta singular construcción. En cuanto llegamos de nuevo a la isla de Cuba propiamente dicha, empezamos a ver casas y edificaciones entre el verdor de la tierra. Vimos también muchos cubanos que se trasladaban de unos lugares a otro. pero la precariedad de los medios de transporte de Cuba hacía que esos traslados fueran en cualquier medio posible; se veían muchos carros tirados por caballos, bicicletas, camiones adaptados o simplemente tractores tirando de carros de personas. el transporte público prácticamente no existe y si lo hay es carísimo para el pueblo cubano. Al final cada uno se las apaña como puede y es fácil contemplar en los márgenes de la carretera a familias enteras esperando un medio de transporte para desplazarse.








































No era extraño ver también gente que se desplazaba a caballo o que llevaba a su cargo ganado guiado.

Después de la Habana y cayo Guillermo pudimos contemplar como vivían en muchas parte de la isla. A parte de construcciones más sólidas, no era infrecuente ver casas de madera entre agradables tierras fértiles y montañas. Paramos en alguno de esos lugares para descansar y hablar con algunas familias, que nos preguntaban nuestro origen con curiosidad y al saber que éramos españoles sentíamos una sincera simpatía de su parte. También nos preguntaban por la crisis de España, eso fue parte de la tónica del viaje. los cubanos no tienen muchos medios pero están enterados de todo. Y como siempre tan cariñosos y buena gente.



Playa Ancon


Un poco antes de las 11 de la mañana llegamos a nuestro hotel en Trinidad. exactamente en Playa Ancon, a unos 12 Km de Trinidad. Aunque nuestro objetivo turístico era Trinidad, preferimos alojarnos en playa Ancon con el objetivo de disfrutar de la playa en los momentos en que no estuviéramos viendo esta maravillosa población. Todo esto se dice rápido, pero estuvimos dudando bastante tiempo mientras plantificábamos el viaje.

Habíamos elegido el hotel Brisas Trinidad del Mar, cuya arquitectura semejaba a la población de trinitense, con diferentes construcciones de diferentes colores a semejanza de las fachadas de las casas de Trinidad, donde estaban situdadas las habitaciones, restaurantes y tiendas del hotel. El hotel tenía varias piscinas y estaba situado en una extensión muy extensa que daba diréctamente a la playa del Mar Caribe. Esta playa, aunque era maravillosa, no era tan deslumbrante y sublime como la de Cayo Guillermo, pero es que cayo Guillermo sólo hay uno. A pesar de todo también sus buenas zonas de buceo y barrera coralina a unas dos millas de la playa y sus fondos eran preciosos. Aquí en Trinidad, estuvimos dos intensos días y dos noches, y nos pareció una población única.








































Trinidad

 Esta ciudad está ubicada en la región central de Cuba y al Sur de la provincia de Sancti Spiritus. 
 Fue la tercera ciudad fundada en Cuba por España en 1514, e increíblemente ha llegado casi intacta a nuestros días desde su apariencia de 1850. siendo una de las ciudades coloniales mejor conservada de América, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988. En otro tiempo fue región pionera y prospera en la industria azucarera que prospero en el Valle de los Ingenios. Con el mar Caribe relativamente cerca y rodeada de verdes montañas, trinidad lo tiene todo.



¡ Maravillosa Trinidad !

Después de acomodarnos en el hotel, nos dimos un baño en la playa y comimos, ya que esa misma tarde teníamos pensado realizar la primera incursión en la población de Trinidad.

Me va a resultar difícil expresar con palabras el impacto y fuerza con que esta población atrapa al viajero. La población y sobre todo su centro histórico es sencillamente bellísimo en su arquitectura, en su entorno y en sus gentes. Preciosa Trinidad, con esas casas de estilo colonial de altos techos y fachadas de colores chillones y atrevidos, caballos recorriendo sus calles empedradas y su gente haciendo vida en la calle, sentados en las puertas de las casas o en esas maravillosas ventanas retranquedas a la calle que merecen un apartado especial.




















El coche que tomamos nos dejó en una de las preciosas calles del casco histórico de trinidad, a escasos metros de la plaza mayor. Precisamente nuestros primeros pasos fueron en dirección de esta Plaza. Según caminábamos íbamos observando como la gente estaba sentada en las entradas de su casa tomando el fresco. casa bajas de fachadas en toda la gama cromática posible de verdes, azules, amarillos o rosas, llamativos pero hermosamente armónico con todo, especialmente con el cielo azul pastel y el verde intenso de las montañas.

Se abrió la calle al final de ella y desembocamos en la preciosa Plaza mayor de Trinidad. A nuestra derecha podíamos apreciar las escaleras que daban acceso a la Casa de la Música y su terraza donde los turistas al atardecer toman algo mientras suena la música en directo.

Más allá se levantaba coqueta la iglesia Parroquial de la santísima Trinidad en amarillo pálido. un hombre sentado en las escaleras de la iglesia vendía serpientes hechas de cáñamo. Hugo se encaprichó con una de ellas, así que la incorporamos con nosotros. ¡Pocas cosas pedía el pobre! Rodeando también la Plaza Mayor se encuentra el Museo Romántico, el museo de Arqueología Guamuhaya además del museo de Arqueología Trinitense y la galería de arte en una preciosa y vistosa fachada azul. La plaza es espectacular en su estilo colonial y variedad de colorido, con un precioso jardín en medio, nada recargado y con altas palmeras y un suelo empedrado que le da el contrapunto armónico a esas vistosas fachadas. Un poco más allá en dirección al Suroeste de la plaza se encuentra el museo Histórico Militar que en ese momento estaba a punto de cerrar. así que no perdimos la oportunidad de visitarlo. donde independientemente del interés del interior, no son nada despreciables las vistas inmejorables de Trinidad desde su torre. Viéndose el casco histórico desde en un picado precioso y rodeado de montañas.





























Al salir del museo Histórico militar nos dedicamos a ver las callejuelas empedradas de los alrededores del Centro Histórico.. como en muchas partes de cuba, al caer la tarde la gente hace vida en la calle, sentados en sillas al lado de la entrada de la casa. Según paseábamos íbamos hablando con diferentes vecinos de Trinidad y nos echamos unas risas entre las bromas que nos gastaban y gastábamos y las tomas de fotos. Las casas se asoman a la calle en Trinidad, ya que las ventanas están abiertas de par en par detrás de esas rejas gigantescas y coloridas de estilo colonial, a veces en madera, otras en hierro forjado. Y por eso mismo uno puede ver los salones o habitaciones de esas casas, incluso a sus habitantes haciendo su vida habitual y en sus tareas cotidianas, como viendo la tele, cosiendo, preparando comida o simplemente tumbados a la bartola.

Un hombre maduro, curtido por la edad y lleno de cicatrices nos llamó haciendo señas con la mano para posar ante nosotros. Hugo se acercó un poco intimidado. Nos contó que en otro tiempo había sido boxeador y por sus hechuras parecía totalmente cierto. Se despidió de Hugo con una sonrisa que fue correspondida por este.
Otro hombre en bicicleta bajaba la calle en ese momento. Un poco más allá del boxeador, nieta, madre y abuelo se sientan en la acera, la primera y el último con el torso denudo.
La siguiente ventana nos muestra a un hombre en la acera que charla con la que parece ser su mujer, que está tras las rejas sentada.

Familias enteras a las puertas de sus casas se muestran ante nosotros según avanzamos.













































¿Y qué más? Pues TODO, la vida misma: Concentrados, una pareja de muchachos juegan al dominó en plena calle, y niños que vagabundean descalzos y en bañador por los calles de suelo empedrado, y un hombre pasea su iguana con una cuerda, y dos hermanas también descalzas en las escalera de acceso de una enorme puerta azul que deja ver un barroco y recargado suelo de terrazo. Y de vez en cuando pasan carros tirados por caballos y guiados por aurigas con sombrero de ala grande, y restaurantes incrustados dentro de casas trinitenses.

Unos vecinos nos enseñan una camiseta del barsa y nos reímos cuando intentamos hacerles una foto. Esto último ha cambiado en la última década para los viajeros. antes sólo se veían camisetas del Madrid, ahora es casi sólo del barsa, ja ja.
Hugo se anima y bromea también con todo el mundo, cansado de que con él bromeen tosdos los cubanos. La hermana de los muchachos del la camiseta del barsa nos ofrece una fruta típica de Trinidad llamada mamoncillo y cuyo nombre provoca una carcajada enorme de Hugo, Probamos la fruta y se parece un poco en el sabor y la textura al lichi.
Justo por detrás cruza un muchacho la calle conduciendo un balón de derecha a izquierda.
Terminando ya la calle, casi colindando ya con el monte, se abre una pequeña plaza llena de hierba. Allí muchos chavales juegan. Algunos muchachos un poco más mayores andan de allá para acá y uno de ellos monta en poni alocadamente. En medio, cuatro hombres juegan al dominó rodeados de la muchachada que ríen divertidos las brabuconadas de uno de ellos.

Y... más ventanas llenas de gente, y más puertas con niños y hombres sentados, y mujeres con rulos hechos de PVC y alambres en la cabeza. Mientras el sonido de unos cascos a nuestra espalda nos avisa de otro jinete que baja despacio calle abajo.

Curiosamente a esas horas de la tarde apenas hay turistas. casi todos aparecen en las segundas o terceras horas de la mañana. Atónito, pasmado, boquiabierto, conmovido, todo eso cabía en nosotros. tan sencillo y tan bello en un entorno único y con gentes maravillosas.

¡Qué alegría y cosquilleo al vivir momentos así! Son minutos o horas que valen por años.
El viajero a menudo se encuentra con situaciones que conmocionan los sentidos. Como dijo Stendhal, uno se vuelve medio bobo, atrapado en mil sentimientos y emociones.
No queríamos que la tarde se acabara, pero después de casi tres horas deambulando por las calles, terminamos nuestro recorrido en la misma Plaza Mayor donde empezamos. aprovechamos para sentarnos en la terraza que está al terminar la escalinata que lleva a la Casa de la Música. Tomamos algo de beber, cayó alguna cerveza bucanero, como casi en todo el viaje.
Curiosamente conocí en el vuelo a Cuba a la dueña de esta empresa cervecera. la dueña, belga viajaba en turista como nosotros, mientras su marido y su hijo (músico consumado) viajaban en Primera.
Los músicos empezaron a tocar, diluyendo nuestras emociones entre los sones cubanos de una tarde eterna.






























Las Ventanas de Trinidad


 Ya he mencionado antes la maravillosa singularidad de las ventanas y puertas de Trinidad encastradas en paredes de inverosímiles colores, rosas, verdes, amarillos, casi todos ostentosos pero maravillosamente hermosos y armónicos con el entorno.
Estas fascinantes ventanas sobresalen casi siempre de los coloridos muros de la fachada, quedando casi siempre estos últimos retranqueados con respecto a las ventanas, por lo que estas sobresalen hacia la calle. Esto hace que la brisa que circula al ponerse el sol y recorre las callejuelas, pase de lado a lado atravesando las ventanas. lo que es aprovechado por los trinitenses para tomar el fresco sentados en el "suelo" de la ventana o viven la tarde directamente en ellas.

Esta curiosa particularidad, ofrece al viajero una oportunidad única y extraordinaria de observar a los ciudadanos de Trinidad en su propia casa, e incluso retratarlos.
En general los ciudadanos cubanos no se esconden ni se ofenden cuando uno arma los brazos para disparar. Al contrario, una sonrisa o un gesto de complicidad les acompaña.

Según paseábamos por la calle iban desfilando ante nosotros fantásticas y sencillas escenas de la vida de Trinidad:
Tres niños en ropa interior juegan como atrapados en esas telas de araña que son los barrotes de las ventanas. En otra ventana un abuelo en un butacón de madera y mimbre y su mujer cosiendo dentro.
 La siguiente ofrece la visión de dos mujeres hablando se paradas por los barrotes de madera del ventanal, una en la calle, la otra dentro.
Algunas de estas ventanas son tiendas y ofrecen sus mercancías a través de ellas, como una mujer ofrecía sus vestidos de niña en un perchero pegado a las rejas que daban a la calle. También nos encontramos con un restaurante cuyo acceso era una ventana cuyas rejas se abrían. De nuevo en otra, niños jugando en ropa interior y unos cochecitos de juguete.
























































































Cincuenta metros más allá un grupo de hombres charla, dos fuera y uno dentro sentado en el suelo de la ventana.
Una abuela cuida de su nieto, los dos contemplan la calle tras las rejas. Dos ancianas conversan cada una en el lado opuesto de la verja. La de fuera delgadísima y con mil arrugas, la de dentro acompañada por el perro que también parece hablar.
Otras dos mujeres asoman de las contraventanas azules sonriendo ante nuestra osadía de tomarles fotos. En la ventana siguiente, otro abuelo sentado al lado de una moto de gran cilindrada en medio del salón.

Pero también hay ventanas sin rejas que dejan ver toda una decoración retro y precaria, pero visualmente llamativa.
No todo son sonrisas, a veces se encuentran caras tristes, como mirando al más allá.
Otras, nos muestran algo tan íntimo como una siesta; una pareja que ya no cumple los 70 dormita plácidamente en las butacas del salón de su casa.
Más allá, otra ventana ofrece una exposición de toquillas y ropas bordadas y de encaje y ofrece también la exposición de sus propios dueños, dos mujeres que cuidan de un hermoso niño.

A veces esas ventanas muestran verdaderas sorpresas, abiertas a situaciones inverosímiles por su belleza y sencillez: una mujer que se esmera en decorar las uñas de niños adolescentes. O como esas casas que son casa de huéspedes y restaurantes a la vez y tienen mesas dispuestas con su bajilla y mantelería impecable en la misma habitación donde se dormía, con una gran cama acompañando a esas mesas.

Ventanas y más ventanas, con rejas de madera o hierro, con hombres, niños, mujeres o ancianos, durmiendo, jugando, comiendo, pensando...


























































Volvimos al hotel Brisas Trinidad del mar. Este hotel se encuentra en una especie de brazo estrecho de tierra que forma por una lado la playa Ancon frente al Mar Caribe, y por el otro hace frontera con la Bahía de Casilda. En esta bahía se puede apreciar un par de barcos varados en aguas poco profundas.

Esa noche vimos uno de los entretenidos espectáculos de baile latino que ofrecía el hotel antes de retirarnos a descansar.


Al día siguiente, a las 7:30 de la mañana y después de desayunar me fui a Trinidad de nuevo. Esta vez en solitario, quería llegar antes que las hordas de autobuses de turistas y tomar el pulso a los trinitenses a cuando empezaran a salir de sus casas; quería ver despertar a Trinidad.

 Aunque era bastante temprano, el calor ya se hacía notar. A esas horas la gente empezaba a salir de sus casas y muchos aprovechaban para hacer recados y comprar sobre todo comida.
Algunos ciudadanos se desplazaban en bicicleta, a veces en cima de ella, otras calle arriba desmontados de ella y con las bolsas de la compra en el manillar de la bici. Y otra vez las ventanas me mostraban ciudadanos y diferentes quehaceres, otros sentados delante de sus puertas.

 Un niño de unos ocho años cruza la calle en un caballo enorme, mientras varias mujeres barren las entradas de su casa. Otro ciudadano también a caballo subía una enorme pendiente que se perdía a las afueras del pueblo, ya en las zonas propiamente de montaña.
En otra calle, unos seis caballos predestinados para los turistas, eran preparados para realizar una excursión por los alrededores.
















































































































































Me asomé a una tienda donde se vendían diversos productos alimenticios básicos, como arroz, , sal, azúcar, café, huevos aceite... Dos dependientas despachaban a los clientes en un mostrador de azulejos blancos. Encima una balanza romana era utilizada en ese momento para pesar harina. Detrás del mostrador, una estantería de madera azul cobalto hacía juego con una preciosa máquina registradora también en madera y ya jubilada. Siempre en mis viajes he buscado una de estas cajas para regalármela. Esta estaba repintada en azul y manifiestamente deteriorada, pero era preciosa. Al final, aunque se me pasó por la cabeza, no intente ofrecer nada por ella.
Fijándome un poco más, me di cuenta de que vendían casi de todo, desde velas de cera, vasos de cristal, jabones artesanales, hasta dentífricos, lejía, lapiceros, ron. Todos los productos con sus indicadores de precio de papel hechos a mano. En realidad era una tienda con un aspecto encantadoramente espartano.

Entré en otra tienda muy parecida a la anterior, también con estanterías azules y con una pizarra donde se daban cuenta de los precios de los productos. Entre otras cosas vendían esos bollos de pan tierno que se venden en toda Cuba, y que son del tamaño de una hamburguesa y que están buenísimos. salen del horno en rectángulos de 5x4 o 6x6 etc, todos pegados unos a otros. Los precios de esta tienda al igual que la otra, estaban indicados en pesos cubanos autóctonos y no en los CUP convertibles.

 Seguí callejeando y haciendo fotos de los ciudadanos y la vida de Trinidad, tan solo y tan libre. Perdido entre calles de un rinconcito de América, con reminiscencias de otra época española, de otros tiempos.

Me detuve un rato a retratar a una especie de cowboy que cuidaba de dos preciosos caballos color canela. Más tarde apalabré un carromato para dar un paseo por el casco antiguo desde otra perspectiva. Un chaval de unos 18 años se ofreció a enseñarme Trinidad y la parte alta de esta población. El recorrido por el suelo empedrado era un poco incómodo debido a que el carro tirado a caballos no tiene armotiguación, por lo menos este. Pero a pesar de ello era precioso ver las calles coloridas de Trinidad tras las orejas y grupa del caballo. Hice algunas fotos y casi salgo rebotado al no estar agarrado mientras disparaba.
Terminamos el recorrido subiendo una fuerte pendiente y parando en lo más alto de Trinidad. Desde allí se podía apreciar la privilegiada localización de Trinidad entre el monte verde a sus espaldas y al frente la Bahía de Casilda y el mar Caribe.
En la distancia se veía también nuestro hotel Brisas Trinidad junto al mar.






































































































































Bajé de nuevo a la parte baja del casco antiguo después del paseo en carro,y aproveché pare ver como algunos grandes porches de las casas eran utilizados como expositores de los diferentes pintores del pueblo. A veces en ese mismo porche y junto a los cuadros había situada una alcoba con su gran cama de matrimonio, y uno no sabía donde terminaba la casa y empezaba el porche y la calle.

 Y podría seguir casi infinítamente describiendo a los diferentes personajes de Trinidad; como el vendedor artesanal de sombreros de paja. O esos músicos apostados en la calle con enormes contrabajos; O esas tiendas artesanales de aromáticos tabacos cubanos y rones de culto...


Después de esta también maravillosa segunda visita a Trinidad llegue muy temprano a al hotel y me uní a Marga y Hugo que disfrutaban en ese momento de playa Ancon. Alternamos durante todo el día la playa y la piscina del hotel.


Al finalizar de comer me animé a ver los arrecifes de coral que están a dos o tres milllas de playa Ancon. En esta ocasión Marga y Hugo se quedaron en la playa, ya que habían disfrutado de varias sesiones de snorkeling en cayo Guillermo. El viaje hasta los arrecifes lo hicimos en un pequeño catamarán y sin apenas viento, por lo que tardamos unos cuarenta minutos en llegar, menos al volver gracias al viento de cola del Sur.
El arrecife resultó precioso y con mucha variedad coralina y de vida animal. En el barco íbamos un nativo de Trinidad, dos Belgas y yo.
Estuvimos unos 40 minutos haciendo snorkeling, entre gorgonias, peces petaca, más peces loro, muchos acanthurus coeruleus y algunos erizos con un cuerpo rojizo fuego como nunca había visto.
Maravillosos fondos también y que merecen la pena visitar.
La verdad es que los fondos de Cuba son extraordinarios. Estos de playa Ancon están también reflejados en las fotos y vídeo de Cayo Guillermo.


























Volví al hotel y perseguí junto a Hugo al colorido lagarto autóctono Anolis Allisoni.
Todavía tuve tiempo de alquilar una bicicleta del hotel, en este si había. La bici era bastante pequeña para mi talla y limitada en algunos aspectos; sin cambios y a piñón fijo, sin frenos o por lo menos con unos frenos un tanto especial, ya que se frenaba dejando de pedalear y moviéndolos hacia atrás.

Me llevé la mochila con una botella de agua y la cámara, crucé la Bahía de Casilda con gran variedad de aves en sus orillas y terminé recorriendo los 12 kilómetros de distancia entre Playa Ancon y Trinidad.

Grabé algo vídeo e hice algunas fotos más. Intenté sin éxito en un locutorio de Internet realizar el check in on line y reserva de asientos del vuelo de vuelta.

Me volví al hotel, ya que mi alquiler era por una hora, aunque tarde media hora más debido a que a la bici se le salía la cadena cada poco tiempo cada vez que le dabas caña o simplemente pedaleaba de pie.
Así que a cada momento ¡¡cataplan!! cadena fuera. Unas 9 o 10 veces se me salió esta, muchas solo con apenas forzar. El resultado fueron parones continuos y una manos renegridas como el carbón, porque eso sí, la cadena tenía más viscosa y sustanciosa grasa que los bajos de un coche.

Al final crucé otra vez la Bahía de Casilda bajos unas negras nubes que se cernían sobre las montañas, y que mitigaron algo la chicharrera que caía.

Aquí terminó mi tercero y último recorrido por Trinidad.









 Llegué al hotel y lo que quedaba de tarde lo dedicamos a tomarnos algo en las tumbonas del hotel. Estábamos disfrutando bastante de este viaje, ya que en comparación con los otros, también maravillosos pero más movidos, este era como una especie de descanso contemplativo y placentero.
Lo que nos lleva a la conclusión de que de vez en cuando hay que hacer algún viaje un poco más relajado. con lo que siempre recargaremos energías para emprender otros más movidos en el futuro.

Sí, este viaje había sido más relajado, pero ¡ojo! digo relajado, no anquilosado o parado.
Siempre recordaré que el viaje mas relajado de los últimos años, ha sido mi viaje en bicicleta desde Boadilla del Monte a Santiago de Compostela, eso a pesar de que no paraba de pedalear en ocho horas. Pero en bicicleta todo se percibe más despacio y uno para donde quiere y cuando quiere.

En fin, terminamos nuestros días en Trinidad, al día siguiente volvíamos a La Habana para volar esa misma noche a las 23 horas. Habíamos Apalabrado un coche privado con un conductor de Trinidad para ir hasta Cienfuegos y pasar dos horas allí. Y habíamos sacrificado el día en Cienfuegos para poder pasar más tiempo en Trinidad.
 Pero a pesar de todo queríamos verlo, pasando un par de horas en nuestro viaje a La Habana.

 Despues de cenar en el Brisas Trinidad jugamos al ping pong en una de las mesas que había. Más tarde nos dimos un paseo por las diferentes callejuelas del hotel que asemejaban a las de Trinidad pueblo. Atrás quedaría Trinidad, una población maravillosa arquitectonicamente y de una belleza única, con gentes sencillas abiertas y cariñosas.

Otro poquito de nuestro corazón dejábamos en esta parte de la tierra,